LA RABONA


Tincho era partidario de hacer siempre un firulete de mas, en la cancha se esforzaba por impresionar a todos con alguna jugada que provocara un gesto de admiración en la gente, lo llenaba de profunda felicidad ese contacto inusual que había conseguido entablar con la pelota, dentro de su cuidado arsenal de virtudes futboleras, la rabona era sin lugar a dudas, su especialidad.
La realizaba con una naturalidad tal, que era común verlo tirarla tanto dentro de su área como cerca del arco contrario, era una característica que lo diferenciaba del resto, conviene decirlo, esto le causo mas de un dolor de cabeza, debido a las reprimendas recibidas por los técnicos de turno que entendían que ese lujo no aportaba demasiado para conseguir una victoria.
Pero lejos de amilanarse, se agrandaba y lo motivaba a seguir intentándola sin importarle demasiado sus consecuencias, lo cual era bien recibido por las multitudes que solían juntarse en las canchas en donde daba sus conciertos de gran malabarista.
Era todo un acontecimiento para la humilde barriada de Saladillo estar presente cuando jugaba, desde temprano, los domingos cuando había torneo, era incesante el peregrinar de vecinos hacia el potrero lindante a las vías del ferrocarril.
Así fueron sucediéndose sus hazañas, semana tras semana, partido tras partido, con Tincho siendo exclusivo protagonista, principal responsable de los suspiros que por doquier se generaban debido a las acrobacias que regalaba con una facilidad increíble, todos esperaban las rabonas, la mejor parte de su repertorio y mas de uno en un exceso de simpatía por esa habilidad se animo a compararlo con el Bichi Borghi que por ese momento la rompía en el bicho de la Paternal y que tenia a ese gesto técnico como sello distintivo de su juego.
Pero la vida le tenia preparada una artera trampa a sus traviesas cabriolas, un buen día “el sargento” Barbieri se hizo cargo del equipo en donde jugaba, hacia honor a su apodo por la rectitud que intentaba imponer entre sus dirigidos, para el DT de los “Guerreros del Parque” el futbol era tan importante como las notas que sacaban sus jugadores en la Escuela.
Tales nuevas imposiciones fueron un problema para Tincho, un atorrante sin cura. tanto en la cancha como en la escuela, lugar en el mundo que no le agradaba demasiado, al cual solo asistía más que nada por darle el gusto a su vieja y para evitarle una gran amargura.
Las diferencias con el entrenador se convirtieron en insalvables, su libreta de calificaciones, un castigo, pero lo que en realidad condenaba a Tincho eran sus inasistencias a clases, las que siempre trataba de justificar con impensadas razones.
Una tarde a Barbieri le llegaron rumores sobre sus continuas fugas del colegio y decidió darle un ejemplar escarmiento, no lo tuvo en cuenta para el partido contra los temibles “Leones de Tablada”, en la final del campeonato, en disputa la gloria o el destierro, un verdadero clásico para populosa zona sur de Rosario, ese cotejo lo encontró ausente, los caprichos del destino trabajan de manera muy misteriosa y grande su mala suerte, sino como entender lo que le sucedió, que justo a el, al que tan bien le salía, lo vino a dejar afuera “la rabona”.

PUESTO PROTEGIDO


Hay frases que están hechas para los que tropiezan constantemente con la derrota.

-Y bueno, ¿qué querés? Ellos pueden armar hasta dos equipos.
Incluso la cobardía puede ir un poco más allá.
-Te pueden bailar hasta con los suplentes.
Es cierto. Algunos tienen planteles más ricos. El Deuchebank está al margen de esa discusión. "Es lo que hay" es la frase más orgullosa que sale de la boca de cada uno de sus miembros. Pero, a veces, ese caprichoso hambre de gloria presiona. Es lógico: un equipo que no pelea por nada es como jugar un juego con 79 créditos. No hay emoción. Entonces viene a la carga un curioso espíritu competitivo.
-El próximo domingo no puede jugar ni el Lobo, ni Fede. Encima no hay suplentes. Si quieren traigo a un pibe que la rompe.
-Pero por un partido Tosko. Este equipo es para que juguemos nosotros.
-No hay drama.
Un triunfo por 8-0 frente al puntero suele alterar cualquier análisis. La flamante incorporación marcó en cinco ocasiones y asistió en otras dos.
-Flojito lo que traje. Perdón muchachos.
-Gordo no te hagas el canchero que fue tu peor partido.
-¿ Y si los mechamos entre los titulares?
-Ya te habíamos dicho que no.
-Muchachos no sean maricones.
-Y vos no seas pelotudo. No compliques las cosas.
-Entonces queremos salir séptimos en todos los campeonatos. Perfecto. Qué perdedores resultamos ser.
Efectivamente ese fue el puesto que ocupó el Deuche. Pero las cosas cambiaron. Algunos emigraron. Ese desajuste, sumado a la lesión del Tosko, permitió que el flamante refuerzo se convirtiera en el líder del equipo. Sus catorce goles y su compañerismo lograron llevar a la final al equipo, un suceso de trascendental importancia si se tiene en cuenta que la máxima hazaña del Deuche fue un quinto puesto.
-No lo puedo creer. Mañana jugamos la final. Esto es muy loco.
-Yo tampoco boludo. Igual seamos sinceros. Todo se lo debemos a Esteban. La está rompiendo el hijo de puta.
-¿Y vos Tosko?¿Vas a venir a ver la final?
-A verla y a jugarla. Ya me recuperé del desgarro. Menos mal que es un equipo de amigos y que no tenemos que pelearnos por quién es titular y quién es suplente.

POR QUÉ A CHAMORRO LO APODAN VEGA?

Marzo de 1999.
En AFA se jugaba el CLAUSURA 98.
En Esclavas se inauguraba el APERTURA 99.
Chamorro recién acababa de incorporarse a los campeonatos del colegio y en el primer partido enfrentaba a un histórico “El Sr. ALBERTO CAMBIASO”.

Casualmente los titulares de los diarios de esa semana anticipaban:

“Todo listo para enfrentar al ROJO”
Para el partido del sábado a las 19, contra Independiente, Nery Pumpido confirmó las dos variantes con relación al que viene de empatar 3 a 3 con Racing. Vega entrará por Trullet, mientras que Garate reemplazará a Jayo. En consecuencia, para enfrentar a los "diablos", Unión alistará a Passet; Donnet, Paz, Mosset y Cárdenas; Vega, Garate, Domizzi y Zapata; Cabrol y Silvera. Para el banco de suplentes, Pumpido decidió que viajen Lavallén, Trullet, Fernández, Basualdo, Noriega y Barretto, de los cuales deberá salir uno”.

Por si no lo recuerdan el jugador Vega y nuestro Chamorro tenían un parecido físico increíble, los dos se teñían el pelo, el primero era de madera, para ese entonces los dos usaban bigote, como si esto fuera poco Mario Evaristo Vega estaba excedido de peso y además el segundo nombre de Rodolfo también es Evaristo.

A media tarde del sábado 19, casi como premonitorio, con dos golazos de Chamorro, su equipo le ganaba al de Cambiaso por 9 a 3.
Esa misma noche con dos goles de Vega Independiente perdía como local ante el modesto Unión de Pumpido.

Y no podía ser de otra manera, al sábado siguiente ya había desaparecido de la memoria colectiva de papi fútbol el apellido CHAMORRO, desde ese día VEGA lo reemplazaría por siempre.
MORALEJA: Si te teñís el pelo, sos de madera, estás un poco gordito, jugás en Esclavas y hacés golazos de culo, siempre te compararán con el increíble RODOLFO “VEGA” CHAMORRO.

LA VERSIÓN DE GUSTAVO ZUCOTTI

PARA LOS DESMEMORIADOS, LA REAL HISTORIA DEL APODO "CHAMORRO" VINO POR ERROR. CREO QUE FUE FERRERO, EN TOTAL ESTADO DE EBRIEDAD, QUIEN LE VIO A VEGA CARA DE MARIACHI MEXICANO, Y EN LUGAR DE "CHAMACO" (COMO LES DICEN A LOS PIBES ALLÁ) LE SALIÓ "CHAMORRO", Y ASÍ QUEDÓ.
YA VEN, TODO ES HISTORIA.
SÍ SEÑORES, YO FUI TESTIGO.
SALUD, FERRERO!

VIEJO CON ÁRBOL

A un costado de la cancha había yuyales y, más allá, el terraplén del ferrocarril. Al otro costado, descampado y un árbol bastante miserable. Después las otras dos canchas, lachica y la principal. Y ahí, debajo de ese árbol, solía ubicarse el viejo.

Había aparecido unos cuantos partidos atrás, casi al comienzo del campeonato, con su gorra, la campera gris algo raída, la camisa blanca cerrada hasta el cuello y la radio portátil en la mano. Jubilado seguramente, no tendría nada que hacer los sábados por la tarde y se acercaba al complejo para ver los partidos de la Liga. Los muchachos primero pensaron que sería casualidad, pero al tercer sábado en que lo vieron junto al lateral ya pasaron a considerarlo hinchada propia. Porque el viejo bien podía ir a ver los otros dos partidos que se jugaban a la misma hora en las canchas de al lado, pero se quedaba ahí, debajo del árbol, siguiéndolos a ellos.

Era el único hincha legítimo que tenían, al margen de algunos pibes chiquitos; el hijo de Norberto, los dos de Gaona, el sobrino del Mosca, que desembarcaban en el predio con las mayores y corrían a meterse entre los cañaverales apenas bajaban de los autos.
Ojo con la vía alertaba siempre Jorge mientras se cambiaban.
No pasan trenes, casi ítranquilizaba Norberto. Y era verdad, o pasaba uno cada muerte de obispo, lentamente y metiendo ruido.

¿No vino la hinchada? ya preguntaban todos al llegar nomás, buscando al viejo. ¿No vino la barra brava?
Y se reían. Pero el viejo no faltaba desde hacía varios sábados, firme debajo del árbol, casi elegante, con un cierto refinamiento en su postura erguida, la mano derecha en alto sosteniendo la radio minúscula, como quien sostiene un ramo de flores. Nadie lo conocía, no era amigo de ninguno de los muchachos.

La vieja no lo debe soportar en la casa y lo manda para acá íbromeó alguno.
Por ahí es amigo del referí dijo otro. Pero sabían que el viejo hinchaba para ellos de alguna manera, moderadamente, porque lo habían visto aplaudir un par de partidos atrás, cuando le ganaron a Olimpia Seniors.

Y ahí, debajo del árbol, fue a tirarse el Soda cuando decidió dejarle su lugar a Eduardo,que estaba de suplente, al sentir que no daba más por el calor. Era verano y ese horario para jugar era una locura. Casi las tres de la tarde y el viejo ahí,fiel, a unos metros, mirando el partido. Cuando Eduardo entró a la cancha casi a desgano, aprovechando para desperezarse cuando levantó el brazo pidiéndole permiso al referíí, el Soda se derrumbó a la sombra del arbolito y quedó astante cerca, como nunca lo había estado: el viejo no había cruzado jamás una palabra con nadie del equipo.
El Soda pudo apreciar entonces que tendría unos setenta años, era flaquito, bastante alto, pulcro y con sombra de barba. Escuchaba la radio con un auricular y en la otra mano sostenía un cigarrillo con plácida distinción.

Está escuchando a Central Córdoba, maestro? medio le gritó el Soda cuando recuperó el aliento, pero siempre recostado en el piso. El viejo giró para mirarlo. Negó con la cabeza y se quitó el auricular de la oreja. No sonrió. Y pareció que la cosa quedaba ahí. El viejo volvió a mirar el partido, que estaba áspero y empatadoí. Música ídijo después, mirándolo de nuevo.
Algún tanguito? probó el Soda. Un concierto. Hay un buen programa de música clásica a esta hora. El Soda frunció el entrecejo. Ya tenía una buena anécdota para contarles a los muchachos y la cosa venía lo suficientemente interesante como para continuarla.
Se levantó resoplando, se bajó las medias y caminó despacio hasta pararse al lado del viejo.
Pero le gusta el fútbol le dijo Por lo que veo.
El viejo aprobó enérgicamente con la cabeza, sin dejar de mirar el curso de la pelota,que iba y venía por el aire, rabiosa.
Lo he jugado. Y, además, está muy emparentado con el arte dictaminó después. Muy emparentado.
El Soda lo miró, curioso. Sabía que seguiría hablando, y esperó.
Mire usted nuestro arquero efectivamente el viejo señaló a De León, que estudiaba el partido desde su arco, las manos en la cintura, todo un costado de la camiseta cubierto de tierra. La continuidad de la nariz con la frente. La expansión pectoral. La curvatura de los muslos. La tensión en los dorsales se quedó un momento en silencio, como para que el Soda apreciara aquello que él le mostraba. Bueno... Eso, eso es la escultura...
El Soda adelantó la mandíbula y osciló levemente la cabeza, aprobando dubitativo.
Vea usted el viejo señaló ahora hacia el arco contrario, al que estaba por llegar un córner el relumbrón intenso de las camisetas nuestras, amarillo cadmio y una veladura naranja por el sudor. El contraste con el azul de Prusia de las camisetas rivales, el casi violeta cardenalicio que asume también ese azul por la transpiración, los vivos blancos como trazos alocados. Las manchas ágiles ocres, pardas y sepias y Siena de los mulos, vivaces, dignas de un Bacon. Entrecierre los ojos y aprécielo así... Bueno... Eso, eso es la pintura.
Aún estaba el Soda con los ojos entrecerrados cuando al viejo arreció.
Observe, observe usted esa carrera intensa entre el delantero de ellos y el cuatro nuestro. El salto al unísono, el giro en el aire, la voltereta elástica, el braceo amplio en busca del equilibrio... Bueno... Eso, eso es la danza...
El Soda procuraba estimular sus sentidos, pero sólo veía que los rivales se venían con todo, porfiados, y que la pelota no se alejaba del área defendida por De León.
Y escuche usted, escuche usted... lo acicateó el viejo, curvando con una mano el pabellón de la misma oreja donde había tenido el auricular de la radio y entusiasmado tal vez al encontrar, por fin, un interlocutor válido... la percusión grave de la pelota cuando bota contra el piso, el chasquido de la suela de los botines sobre el césped, el fuelle quedo de la respiración agitada, el coro desparejo de los gritos, las órdenes, los alertas, los insultos de los muchachos y el pitazo agudo del referí... Bueno... Eso, eso es la música...

El Soda aprobó con la cabeza. Los muchachos no iban a creerle cuando élles contara aquella charla insólita con el viejo, luego del partido, si es que les quedaba algo de ánimo, porque la derrota se cernía sobre ellos como un ave oscura e implacable.
Y vea usted a ese delantero... señaló ahora el viejo, casi metiéndose en la cancha,algo más alterado... ese delantero de ellos que se revuelca por el suelo como si lo hubiese picado una tarántula, mesándose exageradamente los cabellos,distorsionando el rostro, bramando falsamente de dolor, reclamando histriónicamente justicia... Bueno...Eso, eso es el teatro.

El Soda se tomó la cabeza.
Qué cobró? balbuceó indignado.
Cobró penal? abrió los ojos el viejo, incrédulo. Dio un paso al frente, metiéndose apenas en la cancha. ¿Qué cobrás? gritó después, desaforado .¿Qué cobrás, referí y la reputísima madre que te parió?
El Soda lo miró atónito. Ante el grito del viejo parecía haberse olvidado repentinamente del penal injusto, de la derrota inminente y del mismo calor. El viejo estaba lívido mirando al área, pero enseguida se volvió hacia el Soda tratando de recomponerse, algo confuso, incómodo.
Y eso? se atrevió a preguntarle el Soda, señalándolo.

Y eso... vaciló el viejo, tocándose levemente la gorra... ESO ES EL FÚTBOL.
ROBERTO FONTANAROSA

¡NO LE HAGAS PENAL!

-¡No le hagás penal! ¡No le hagás penal!- le grité desesperado al Cabezón pero ya era tarde. Su pierna izquierda barría sin ningún pudor al rapidito de Baralo. Y Martínez, como nunca, siguió la jugada de cerca y pitó la infracción: Penal. ¡A llorar a la iglesia! El Cabezón no entendía por qué semejante enojo de mi parte, por qué lo puteaba sin parar:
- Vamos ganando 3 a 0 fácil y el partido ya se termina, Flaco. ¡Tanto quilombo por un penal!
¿Qué le podía explicar? ¿Que prefería el gol de una, de jugada, que de penal? ¿Que yo sabía que el que lo iba a patear era el mismísimo Lucero? ¿Que estuvo todo el partido esperando una oportunidad como esta? Nada, no le dije más nada. ¿Para qué? Si igual, no hubiera entendido un pomo.
Me fui hacia el arco, resoplando un poco, mucho, manoteé la toalla y me sequé el sudor de la frente. Hice algo de tiempo, miré los rostros de la gente en la popular y no me di vuelta hasta que los silbidos confirmaron lo que sólo yo sabía. Lucero quería patear el penal. Giré y lo vi venir. Avanzaba lento y seguro. Se abría paso entre los suyos buscando la pelota, sin escuchar a nadie, sin mirar a nadie. Los ojos clavados en mí.
“Otro arquero patea penales” dirían en las radios, “como Saja, Rogerio Ceni o como el mejor de todos: Chilavert”. “¿La primera vez que patea un penal Lucero?” preguntaría algún relator. “Si, si, la primera vez”, respondería el comentarista con cierto miedo a equivocarse, un poco perdido, inseguro, entre sus apuntes y sus estadísticas.
“Estamos presenciando un momento único, señoras y señores”. El relator intentaría darle un poco de fantasía a su transmisión. “El enfrentamiento entre el maestro y su discípulo, entre la juventud y la experiencia!”.
Palabras más, palabras menos le contarían a la gente lo que la gente ya sabe: que fui el suplente de Lucero durante 7 años; que él ya tiene 36 pirulos y yo apenas 25; que seguramente él me enseñó tooooodo lo que sé; que hace tan sólo 3 meses Lucero rescindió su contrato y se alejó del club en el que jugó todo su vida sin explicar demasiado por qué; que la vida nos hizo muy amigos y ahora, con esas cosas que tiene el fútbol, nos pone frente a frente y bla, bla, bla…
“¿Me pareció a mí o no se saludaron Donato y Lucero?” deslizaría cargado de intención algún comentarista. “Es cierto, muy cierto. Bueno, convengamos que siempre se corrió el rumor de que las cosas no terminaron bien entre los dos”. Acotaría un cronista que informa desde el campo de juego. “¡No me diga!”, se haría el tonto el relator. “Pero ¿Usted sabe algo, mi amigo? Es llamativo, ¿no? Lucero nunca pateó un penal y justo se le ocurre patear ahora, contra su ex club, frente a su ex suplente. Mmm… Algo pasó”. “Dicen que entre ellos hubo un asunto de polleras”.
“Lo noté nervioso a Lucero”, arrancaría el relator de otra transmisión. “Y, éste no es un partido cualquiera”, mencionaría su comentarista. “Ahora no”, se apuraría a meter un bocadillo el cronista de abajo. “Ahora el que parece nervioso es al Flaco Donato”.
¿Cómo no iba a estar nervioso? Nos enfrentábamos Lucero y yo. Afuera podían estar diciendo lo que quieran pero los únicos que sabíamos la historia éramos él y yo. No, miento: él, yo y Claudia. Justamente Claudia. Ella estaba en la platea. En el lugar de siempre, en el asiento de siempre, el mismo asiento desde el que alentó a su ex, el mismo asiento desde el que me alienta a mí. ¿Qué habrá sentido? Ni idea, jamás le pregunté. Mejor dicho, jamás quise saberlo. En ese momento tampoco la busqué con la mirada. ¿Para qué? ¿Para ponerme triste si descubría que lo miraba a él? No tenía sentido. Traté de concentrarme en la pelota, de adivinar cuál sería la opción que elegiría Lucero. Media cancha lo puteaba pero a él no le importó. Él quería hacerme un gol a mí, no a ellos, no a su ex club. ¿Y yo por quién atajaba? ¿Por el club, por mí, por él o por ella?
No lo tuve claro. Dudé. Tal vez por eso fue gol. Lucero no lo gritó y yo preferí ir a buscar la pelota adentro, pelearme con alguno, cualquier cosa con tal de no mirar a la platea, con tal de no enterarme nunca si Claudia festejó el gol.
Pablo Pedroso

EL TIPO QUE PASABA POR AHÍ

Suele ocurrir en los equipos de barrio que a la hora de comenzar el partido faltan uno o dos jugadores. Casi siempre se recurre a oscuros sujetos que nunca faltan en la vecindad de los potreros. El destino de estos individuos no es envidiable. Deben jugar en puestos ruines, nadie les pasa la pelota y soportan remoquetes de ocasión, como Gordito, Pelado o Celeste, en alusión al color de su camiseta. Si repentinamente llega el jugador que faltaba, se lo reemplaza sin ninguna explicación y ya nadie se acuerda de su existencia.
Pero una tarde, en Villa del Parque, los muchachos del Ciclón de Jonte completaron su formación con uno de estos peregrinos anónimos. Y sucedió que el hombre era un genio. Jugaba y hacía jugar. Convirtió seis goles y realizó hazañas inolvidables. Nunca nadie jugó así. Al terminar el partido se fue en silencio, tal vez en procura de otros desafíos ajenos.
Cuando lo buscaron para felicitarlo, ya no estaba. Preguntaron por él a los lugareños, pero nadie lo conocía. Jamás volvieron a verlo. Algunos muchachos del Ciclón de Jonte dicen que era un profesional de primera división, pero nadie se contenta con ese juicio. La mayoría ha preferido sospechar que era un ángel que les hizo una gauchada. Desde aquella tarde, todos tratan con más cariño a los comedidos que juegan de relleno.
ALEJANDRO DOLINA

INSTRUCCIONES PARA ELEGIR EN UN PICADO

Cuando un grupo de amigos no enrolados en ningún equipo se disponen para jugar, tiene lugar una emocionante ceremonia destinada a establecer quienes integrarán los dos bandos. Generalmente dos jugadores se enfrentan en un sorteo o pisada y luego cada uno de ellos elige alternativamente a sus futuros compañeros.
Se supone que los más diestros son elegidos en los primeros turnos, quedando para el final los troncos. Pocos han reparado en el contenido dramático de estos lances.
El hombre que está esperando ser elegido vive una situación que rara vez se da en la vida. Sabrá de un modo brutal y exacto en qué medida lo aceptan o lo rechazan. Sin eufemismos, conocerá su verdadera posición en el grupo. A lo largo de los años, muchos futbolistas advertirán su decadencia, conforme su elección sea cada vez más demorada.
Pirin, que casi siempre oficiaba de elector observó que las decisiones no siempre recaían sobre los más hábiles. En un principio se creyó poseedor de vaya a saber qué sutilezas de orden técnico, que le hacían preferir compañeros que reunían ciertas cualidades.
Pero un día comprendió que lo que en verdad deseaba, era jugar con sus amigos más queridos. Por eso elegía a los que estaban más cerca de su corazón, aunque no fueran tan capaces.
El criterio de Pirin parece apenas sentimental, pero es también estratégico. Uno juega mejor con sus amigos. Ellos serán generosos, lo ayudarán, lo comprenderán, lo alentarán y lo perdonarán. Un equipo de hombres que se respetan y se quieren es invencible. Y si no lo es, más vale compartir la derrota con los amigos, que la victoria con los extraños o los indeseables.
ALEJANDRO DOLINA

RELATORES

Los griegos creían que las cosas ocurrían para que los hombres tuvieran algo que cantar. Las guerras, los desencuentros, los amores trágicos, los horrendos crímenes, las gestas heroicas: todo tenía para los dioses impíos el único fin de proporcionar tema a los cantores. La Historia pone al alcance del menos docto centenares de ejemplos de relatos que fueron más ilustres que los sucesos narrados.
Héctor Bandarelli, el relator deportivo de Flores, en sus comienzos, hizo algo que nadie había hecho antes. Siendo entreala izquierdo del equipo de Empalme San Vicente, acostumbraba relatar los partidos que él mismo jugaba.
Según dicen, no era del todo imparcial en sus narraciones.
Cuando se hacía de la pelota, comenzaba a elogiar su propia jugada.
-Extraordinario, Bandarelli avanza en forma espectacular.
Muchas veces, por elegir las palabras e impostar la voz, se perdía goles cantados. Cantados incluso por él mismo.
A medida que pasaba el tiempo el relator iba superando al jugador. Algunos viejos que lo vieron jugar cuentan que pasaba la mayor parte del tiempo parado en el medio de la cancha, relatando, casi sin tocar la pelota.
Finalmente fue excluido del equipo. Sin rencor ni tristeza, siguió acompañando las modestas giras del Empalme San Vicente, sólo para relatar desde un costado de la cancha el partido que jugaban sus antiguos compañeros. Lo hacía sin micrófono y sin radio, de modo que nadie lo escuchaba, salvo algún wing peregrino que alcanzaba a oír de paso su voz emocionada.
Después, según se sabe, el Empalme San Vicente dejó de jugar y sus futbolistas pasaron a integrar otros equipos.
Y en ese momento, cuando todo hacía sospechar la decadencia de Bandarelli, el hombre dio un paso genial: descubrió que su narración no necesitaba de un partido real. Era posible relatar partidos imaginarios, hijos de su fantasía.
Parece una evolución previsible: los antiguos poetas cantaban hazañas más o menos reales. Después las inventaron.
Lo mismo sucedió con Bandarelli. Y al no tener que ceñirse al rigor de los hechos ciertos, los partidos que relataba empezaron a mejorar: se lograban goles estupendos, los delanteros eludían docenas de rivales, había disparos desde cincuenta metros, los arqueros volaban como pájaros, se producían incidentes cruentos, los árbitros cometían errores perversos.
Algunas veces, el relator omitía cantar un gol pero daba claves y mensajes sutiles para que el oyente descubriera la terrible existencia del gol no cantado. Aparecían, cada tanto, unas historias laterales que provocaban un falso aburrimiento, que no era sino una trampa para mejor asestar la alevosa puñalada del gol sorpresivo.
Todos recuerdan el famoso partido Boca-Alumni que Bandarelli relató en un asado del club Claridad de Ciudadela. En esta obra mezcló jugadores actuales con glorias de nuestro pasado futbolístico. Los viejos hacían fuerza por Alumni, los más jóvenes por Boca. Ganó Alumni, pero en su magistral narración, Bandarelli dejó caer con toda sutileza la sensación de que los boquenses, por respeto a la tradición, se habían dejado ganar.
Las audiencias de Bandarelli no siempre flueron numerosas. Algunos partidos los relató solo, en una mesa del bar La Perla de Flores, ante el estupor de los mozos y parroquianos. Pero poco a poco, los muchachones del barrio fueron descubriendo sus méritos y con el tiempo hubo quienes prefirieron escucharlo a él antes que ir a la cancha.
En 1965, Héctor Bandarelli organizó su campeonato paralelo de fútbol. Todos los domingos narraba el encuentro principal, mientras un colaborador lo interrumpía para comunicar lo que sucedía en el resto de los partidos.
Algunas firmas comerciales de Flores lo ayudaron a solventar los nulos gastos del certamen a cambio de avisos publicitarios.
Las narraciones tenían lugar en la puerta de la casa de Bandarelli y cuando llovía, en la cocina. Hay que decir que el relator poeta nunca trabajó para ninguna emisora y jamás utilizó micrófono, salvo en la grabación que realizara del segundo tiempo de Barracas Central-Barcelona, ya en el final de su carrera.
El campeonato paralelo terminó en un desastre. El artista no tuvo mejor ocurrencia que sacar campeón a Unión de Santa Fe y mandar al descenso a River, lo que irritó a muchas personas que hasta llegaron a agredir a Bandarelíl.
Pero todos los que saben algo del relator coinciden en afirmar que su mejor partido fue Alemania-Villa Dálmine, relatado en el Colegio Alemán de la calle José Hernández, a pedido de la Asociación Cooperadora.
Ese encuentro fue un verdadero canto a la hermandad entre los hombres. Los zagueros entregaban banderines a los delanteros rivales en cada jugada. El árbitro abrazaba llorando a los futbolistas que quedaban en off-side. Los de Villa Dáinline hicieron una suelta de palomas celestes y blancas a los quince minutos del segundo tiempo para celebrar el segundo gol de la selección alemana. En el final, todos se abrazaron e intercambiaron obsequios.
Un día desapareció. Algunos dicen que se mudó, o que se murió, es lo mismo. La gente volvió a preferir los partidos sonantes y contantes de la radio.
Los relatores de hoy tienen la posibilidad de seguir al maestro e intentar la ficción y la fantasía en sus narraciones. ¿Por qué depender de la actuación, muchas veces mediocre, de los futbolistas? ¿Por qué no crear con la voz jugadas más perfectas? ¿Por qué no dar nacimiento a deportistas nobles, diestros y mágicos que nos emocionen más que los reales?
Se puede ir más allá. Todo el periodismo podría tener un carácter fantástico y abandonar los vulgares hechos de la realidad para aludir a sucesos imaginarios: conflictos, tratados, discursos, crímenes e inauguraciones de ilusión.
En este último instante comprendo que nadie me asegura que estos artistas no existen ya. Tal vez, todo cuanto uno lee en los diarios no es otra cosa que un invento del periodismo de ficción.
Sin embargo, esta clase de incrdulidad conduce a sospechar la falsedad del Universo mismo. Suspendamos semejante astucia porque algunos hasta podrían pensar que el propio Bandarelli es imaginario y sus partidos sombras de una sombra.
ALEJANDRO DOLINA

LAS REGLAS DEL PICADO

La cuadra del paredón de la fábrica era una de las pocas del barrio que no caían en barranca hacia el río y ese simple hecho, sumado a que tampoco estaba marcada por las vías del viejo tranvía, la hacían ideal para correr detrás de la pelota.
Nos juntábamos a la tardecita en la esquina del almacén del gallego y, de allí, cuando ya sumábamos un número considerable, partíamos en desprolija caminata cuesta arriba hacia la calle de la Americana; así le llamábamos. Parece ser, según contaba mi tío que vivía en el barrio desde que nació, que aquel edificio enorme fue un importante frigorífico donde trabajaban la mayoría de los que poblaron el lugar hace no sé cuantos años, pero entonces solo quedaba el esqueleto; unos cuantos ventanales que el aburrimiento juvenil había roto a pedradas y un gran cartel de oxidado metal sobre la puerta grande que dejaba leer el nombre con que lo habían bautizado. Por lo tanto, para el resto del mundo nosotros todas las tardes éramos los pibes de La Americana, los mismos que minutos antes éramos los de la esquina del almacén y que tiempo después de pasar por esos dos estados recuperaríamos nuestros nombres individuales.
Las reglas eran aquellas que quién sabe que espíritu de antepasado de picado había dictaminado y que todas las generaciones precedentes acatarían, con alguna que otra modificación local, sin discutir regla alguna. Se va cuando el balón sube a la vereda y vale hacer rebotar la pelota contra el cordón, una cuestión que aunque algún desprevenido podría tildar de sin importancia, requería de una técnica especial que permitía realizar unas paredes memorables y hasta incluso pases que mezclaban la habilidad futbolera con la astucia de un billarista haciendo que la bocha llegue a destino después de rebotar en la banda. Los postes, variaban según las comodidades del estadio. Nosotros teníamos unas piedras de un tamaño considerable que guardábamos cuidadosamente, al finalizar cada encuentro, al lado del palo de la luz. Lo curioso era que para la regla la línea imaginaria que partía de las piedras variaba su ancho según sea el arco propio o el del contrario, y dado ese punto, era que prácticamente los únicos goles que no se discutían eran los que entraban por el medio y al ras del piso. El travesaño era otra historia que estaba relacionada con la capacidad de salto del arquero, la que siempre era inferior a la altura por donde había pasado el esférico aludiendo con un salto corto y desganado a la frase: "no ves que no llego", demostrando que la posibilidad de anotar dependía también de la capacidad de negociación que tuvieran los equipos.
Otra regla era la que decía que generalmente el partido finalizaba cuando el dueño de la pelota se tenía que retirar. A partir de esas, las principales, había otras que dependían del folklore local. Algunos tuvieron que inventar soluciones al tema de los autos estacionados dentro de los límites del campo de juego, otros al congelamiento de la jugada cuando pasaba un peatón externo al duelo futbolístico, y reglas que nacieron de la experiencia, como esa que teníamos nosotros y que impedía hacer picar la pelota antes de llegar a la cancha. Parecía ridícula, pero quien estuvo la tarde de aquel jueves, en que se suspendió el fútbol a causa de no existir esa regla, no se atrevería a cuestionarla.
Resulta que el gordo Aníbal llegó a la esquina aquella tarde con algo que le garantizaba la titularidad, una pelota de cuero, perfectamente redonda. Nos quedamos boquiabiertos, creo que imaginando cada uno las maravillas que esa tarde podríamos hacer con semejante belleza. Los pies nos tiritaban, un par se pararon como resortes para verla de cerca y el gordo explicaba como había llegado a él ese regalo de cumpleaños soñado por cualquiera de nosotros. Hoy iba a haber fútbol con una pelota de enserio, una profesional. Los gajos brillaban y las costuras se veían poderosamente indestructibles. Antes de que el grupo tomara conciencia, y estirara sus manos para tocarla, el gordo miró a la audiencia de la esquina del almacén y al tiempo que dijo: ¡qué les parece muchachos!- la hizo rebotar contra la vereda en un acto tan inocente como inolvidable. Trato de recuperarla después del pique, pero una piedra, quizás el filo de una baldosa floja, hicieron que el balón se descontrolara para empezar a rodar calle abajo. Picaba, saltaba, rebotaba y rodaba, cada vez más rápido, como si le hubieran abierto la jaula a un animal enfurecido, allí iba, rumbo a la avenida del bajo sin que nosotros pudiéramos llegar a alcanzarla.
Ella había emprendido su rumbo, sin que todavía ningún pie hubiese podido tocarla. Nosotros salimos en estampida tratando de detener sus giros y saltos; sabíamos a dónde iba, y la idea nos desesperaba. Por más que algunos dejamos de respirar con tal de duplicar el ritmo de carrera, por más que otros imaginaban que con gritos de alerta la pelota se iba a detener, ella siguió llevándole varios metros a todos los que tratábamos de detenerla en una carrera que el barrio entero tardaría en olvidar.
!Noooo!- gritamos todos casi al mismo tiempo. Pero el grito quedó mudo al ver como un camión con acoplado, que cargaba tubos de metal, le pasaba efectivamente por arriba, quitándole el aire, haciéndola estallar, convirtiéndola en un pedazo inservible de cuero y costuras.
Aquel fue un día negro. A penas unos segundos nos había durado la ilusión de la pelota nueva, y antes de que cualquiera pudiese acariciarla con los pies: ella ya no existía. Ese día no hubo picado, y a partir de entonces la regla de "no picar la pelota antes de llegar a la cancha" sería, para "los pibes de La Americana", una regla que ni el más rebelde se atrevería a romper.
por José M. Pascual

DE LA MANO DE DIOS

Los potreritos tienen un algo especial para atraer a los pibes que ni el más pensado de los juguetes todavía pudo descifrar.
Y ahí, cerca del chaperío, donde los veranos son más calurosos y los inviernos son mucho más fríos, cualquier pedacito de tierra sirve para escapar de algunas crueles realidades.
Detrás de ese tornado de polvo que levantan los chicos por correr detrás de una pelota, hay historias increíbles. Esta es la de uno muy especial, uno que cada vez que la pelota llega a sus pies todo puede pasar porque la imaginación se hace presente hasta burlar las leyes de la física, porque no se trata de lógica sino de esa magia que tiene la voz de Gardel, esta vez depositada en un par de botines y al servicio de la redonda esa que le juró fidelidad desde que empezó a caminar.
La tarde llegó lenta al bar de aquella esquina. De a poquito se fueron poblando todas las mesas. No era un día común, la selección argentina jugaba contra los ingleses.
El gallego se subió a un cajón de soda y prendió el televisor, los parroquianos comenzaron a girar las sillas, las cartas de truco se tomaron un descanso y los vasos se llenaron de moscato.
Los equipos estaban en la cancha, en ese momento todas las historias fueron la misma por 90 minutos, el doctor, el lustrabotas, el ladrón, el policía, la peluquera, el cura, el presidente, el pobre ,el rico, todos frente a la pantalla para ver a la celeste y blanca.
En el bar no se escuchaba ni una respiración, hasta que el uno a cero reventó en la garganta de los presentes. El gallego, pasando el trapo rejilla por el mostrador para limpiar un vermouth que se derramó con el festejo, dijo en voz baja: -Pero mira que guarro, ese gol fue hecho con la mano, hombre!
-Callate gallego ¿ que decís?!. Gritó a coro la clientela.
La calle guardaba un silencio que permitía escuchar los pasitos apurados de un perro vagabundo en busca de su cena.
Y de pronto, el instante increíble, el 10 toma el esférico en el círculo central, comienza una danza que va dejando a los marcadores en otra dimensión, un hilo invisible entre la pelota y los pies, una jugada que deja con la boca abierta a los espectadores, como en un sueño lento el cielo azteca no puede creer lo que esta viendo, el arquero está en el piso y la redonda cruza la línea de gol.
Ni supieron como gritarlo en el bar, había ojos con lagrimas, nudos en la garganta, manos que buscaban apoyo para evitar esa sensación de mareo.
Es que muchos de los que estaban ahí conocían al pibe de la 10, lo habían visto en el potrero haciendo la misma jugada, lo escucharon decir que quería ser campeón del mundo y ahora lo estaban viendo por la tele.
El gallego fue el primero en gritar: -Qué gol ha hecho el Diego, joder!. Y revoleó el trapo casi hasta el techo. Los que estaban sentados bajaron lo que tenían en el vaso de un solo trago y los que estaban de pie se sentaron para ver si aflojaba el temblor.
El silencio se transformó en murmullo, se escuchaban cosas como :-¿Lo viste? -No lo puedo creer, pellizcame hermano, no se puede creer.
El gallego seguía su monólogo: -Un gol del carajo, hombre, que ya decía yo que este chaval iba a llegar lejos...
Cuando el juez marcó el final, uno se acercó a la barra y le dijo con tonito irónico: - qué lástima que no le cobraron el primero, ¿ no ?.
-¿Cómo que no lo han cobrado, si ha terminado 2 a 1?
-Lo que pasa es que el segundo valió doble gallego. Le dijo el hombre mientras sonreía emocionado.
Esa tarde, un pedacito del potrero de Fiorito estaba a miles de kilómetros y una de las obras maestras del fútbol había sido firmada por ese pibe que no se va a cansar nunca de arrancarnos lagrimas de alegría, ese que juega distinto, que está enamorado de la pelota y la pelota de él, ese que tiene en los pies la magia que tiene la voz de Carlos Gardel.
por José M. Pascual